24.11.12

Revés

Monterroso by tardamucho

Cuando el dinosaurio despertó, 
la selva se había convertido 
                 en un reino de siete palabras.


(Microcuento de Cristina Arboleda Puente inspirado en el microcuento de A. Monterroso)

20.11.12

A dónde van los sapos

frog_rain A dónde van los sapos
cuando deja de llover
y el sol instala los reinos del calor y la sequía

Cavan túneles tal vez profundos
en la oscuridad
iluminándose con las chispas
de las rocas subterráneas

Bañándose en el lodo primigenio
resbalando por la humedad
más íntima y terrosa

Beben el jugo dulzón de las raíces
bailan al anochecer cuando por fin
la temperatura y
las horas
bajan
condensando el agua que se esconde
y se arrincona

Se encuentran con los seres de la noche
inventan palabras que no conoce el viento
cuentan cuentos silenciosos
tenues

Hasta que vuelven
las nubes a chocar
la lluvia riega la tierra
y como si nunca
se hubieran escondido
ni viajado tan a fondo
tan adentro de sí mismos
los sapos vuelven a cantar
sus cro-cros
la música del invierno

27.6.12

Proyecto Santacoto, esplendor de mediodía


Como una forma de descifrar señales que vienen desde adentro.
Como un decir “Hoy sigo aquí, estas son mis manos y mi boca”.
Componer y cantar –con el pico roto, con o sin sol–.
Hacer música.
Siempre.
Para desatar nudos en la garganta y pintar la oscuridad.
Para desenmascarar al mundo. Y reordenarlo.
Para agradecer.
Para vivir y sobrevivir.

 

En el Proyecto Santacoto, la música se manifiesta con un trasfondo orgánico, responde a un impulso íntimo, a una necesidad trascendental de revelar (¡y también rebelar!) el instante fugaz que por su intensidad se transforma en eterno.
Este disco gira en una espiral donde se arremolinan pasado, presente y futuro, musical y personal, de Andrés Sacoto Arias y Pablo Santacruz, dos artistas que el azar tuvo la fortuna de juntar a principios de los noventa, en la latitud cero.
Estas 14 canciones son una confirmación del mediodía de esplendor y madurez que atraviesan los dos músicos; al fusionar la esencia del trayecto recorrido con el (re)nacimiento de una nueva fuerza creativa.



Allí dialogan con honestidad absoluta la nostalgia, la incertidumbre, la esperanza, la luz y la sombra, que como en toda obra de valor, conforman un complejo universo de matices, donde se desnuda el alma humana.
Sus sonidos nos golpean, mutan algo en nosotros, porque tienen origen en ese tambor primigenio que nos marca la vida.
 María Cristina Arboleda

Texto publicado originalmente en la página web del Proyecto Santacoto:


9.3.12

Este silencio

Un jardín pequeño, rectangular, era la antesala a la casa. Ahí mi padre me enseñó a caminar. Lo sé por las fotos. Y por una sensación tan vieja que solo habita en el olvido. Yo llevaba un vestido diminuto y el cerquillo lacio y negro, poblando la frente amplia. Me tambaleaba, balanceándome torpemente (tanto como hasta hoy) con las manos. Los ojos pestañeaban en un vaivén nervioso, presentimiento de las futuras caídas. 

la risa de papá


De él recuerdo más que de mí misma. El eco aterciopelado y grueso de su voz, que en las mañanas abrigaba con canciones y en las noches arrullaba con cuentos sobre chanchitos. Sus lentes eran gruesos y grandes; el cabello era una ola de seda que se elevaba hacia atrás. Sus manos nunca estaban frías, las líneas de sus palmas eran demasiado cortas.

20 años después de esas primeras mañanas en el jardín, íbamos con mamá al hospital público, donde faltaban las almohadas, los focos, la justicia y la vida. Días antes de la operación cortamos sus uñas de las manos y los pies, que siempre habían estado perfectas. Así supe que la felicidad hace brillar los rostros. El suyo irradiaba paz. Y su reflejo nos iluminaba. 

Mi padre no salió del quirófano. Hoy se cumplen 7 años de ese día, en que me dijo que cuide a mamá. 

Y eso hice, o intenté hacer, quién sabe. Aunque la pena no mengua y la ausencia es siempre más pesada; la mayoría de días lo dejo ir en su viaje cósmico e infinito. Lo dejo libre y me dejo ir libre yo también. Pero otras veces, me ancla la nostalgia. Y añoro su conversación, la risa, sus dichos, sus malgenios, su silencio. Pero no este silencio tan de muerte, sino el otro, el otro de contemplarlo callar, pensar, mirarme.

papápapápapápapápapápapápapápapápapápapápapápapápapápapapá 
papápapápapápapápapápapápapápapápapápapápapápapápapápapapá


Tres años atrás, en un día como ayer, murió también mi otro padre. Él me llevó a conocer el circo. Yo vestía de rojo. Jeans, camiseta blanca, saco rojo, cinta roja en el cabello largo y negro. Tenía 16, él 20 o algo así. Yo olía a frenesí, a tierra mojada, a pasiones tempranas. Él olía a gasolina y alpaca. Parecía que podría desatar un incendio en cualquier momento. Así, conocí la fantasía, que se nos aparecía en una carpa circense, en una mirada profunda o en una conversación en bus, en la que él mezclaba pasajes de cuentos rusos como si fueran anécdotas suyas. Así conocí también la risa y la locura, la literatura y el misterio. 

Y después también, el silencio.

12.2.12

Un editor abusivo, Kundera y la herencia de Cervantes

De una anécdota ficticia y su relación con el espíritu del periodismo y el espíritu de la novela. Cualquier parecido con la realidad, no es coincidencia.  



Cuentan que en una fecha ni muy lejana ni muy cercana, un Editor de una sección de un periódico ejercía su pequeño poder con abusiva ignorancia. 

Llegó a sus manos un texto de delicada belleza, que combinaba lo sencillo y lo complejo con acierto. 

Sin embargo, el Editor alegó que habría que cortar las analogías y juegos de lenguaje, pues no eran lo suficientemente simples para que el lector ("ese estúpido para el que escribimos", insinuaba su tono arrogante) lo pueda entender. 

"Pero el lector no es un imbécil. Entiende de metáforas y comparaciones. No hay que limitarlo a un lenguaje tan básico; hay que retarlo", se atrevió alguien a decir. El Editor se sonrojó ante tal afrenta, y furioso volvió a su diminuto trono a mutilar con saña las letras que habían delatado sus prejuicios de considerar al lector un ser incapaz, un lector inferior. 

Su ceguera refleja la ceguera del periodismo actual y también el espíritu de los medios de comunicación, que se contrapone, por ejemplo, al espíritu de la novela.  



En el primer capítulo del libro El arte de la novela, Milan Kundera trata de dilucidar el trasfondo de 'La desprestigiada herencia de Cervantes'. El escritor checo define que la esencia de la novela deambula entre la duda, la relatividad, la ambigüedad y la interrogación, y sostiene que su razón de ser es la de mantener el "mundo de la vida" permanentemente iluminado y la de protegernos contra "el olvido del ser". De allí que sea tan necesaria su existencia en la actualidad. Pero, advierte que el reduccionismo que aqueja a todas las obras artísticas y culturales atenta contra su espíritu. 

"La novela (como toda la cultura) se encuentra cada vez más en manos de los medios de comunicación; éstos, en tanto que agentes de la unificación de la historia planetaria, amplían y canalizan el proceso de reducción; distribuyen en el mundo entero las mismas simplificaciones y clichés que pueden ser aceptados por la mayoría, por todos, por la humanidad entera. Y poco importa que en sus diferentes órganos se manifiesten los diversos intereses políticos. Detrás de esta diferencia reina un espíritu común. Basta con hojear los semanarios políticos norteamericanos o europeos, tanto los de izquierda como los de derecha, del Time al Spiegel; todos tienen la misma visión de la vida que se refleja en el mismo orden según el cual se compone su sumario, en las mismas secciones, en las mismas formas periodísticas, en el mismo vocabulario y el mismo estilo, en los mismos gustos artísticos y en la misma jerarquía de lo que consideran importante y lo que juzgan insignificante. Este espíritu común de los medios de comunicación disimulado tras su diversidad política es el espíritu de nuestro tiempo. Este espíritu me parece contrario al espíritu de la novela. 

El espíritu de la novela es el espíritu de la complejidad. Cada novela dice al lector: 'las cosas son más complicadas de lo que tú crees'. Ésa es la verdad eterna de la novela, que cada vez se deja oír menos en el barullo de las respuestas simples y rápidas que preceden a la pregunta y la excluyen. Para el espíritu de nuestro tiempo, o tiene razón Ana o tiene razón Karenin, y parece molesta e inútil la vieja sabiduría de Cervantes que nos habla de la dificultad de saber y de la inasible verdad".

 Fragmentos tomados de El arte de la novela, de Milan Kundera, Fábula Tusquets Editores, México, 2009.


7.1.12

El rayo y la nube





A María Marañas
de vez en cuando, y 
sobre todo en 
abril y diciembre,
le gusta jugar con 
el rayo y la nube. 

Y cuando se desata 
el diluvio, toma una
lupa para ver a las
hormigas recrear
el arca de Noé sobre una
pequeña hoja verde.








 Textillo por: María Cristina Arboleda Puente.

17.8.11

Fuiste su primer concierto*


Fuiste su primer concierto.
Su primer tocadiscos, un walkman, un discman, un ipod.

Una cajita de música, tu panza.

Lo primero que oyó fue tu tictac: marcaste su ritmo con latidos locos y acompasados.

Y también tu voz y tu risa de durazno. Tu respiración que sabe a pan de dulce y té.

Y la carrera de tu sangre veloz que traía tantos mensajes.
Cartas de amores y caídos, cuentos para dormir y para despertar y
canciones de cuna.

Tu panza es la cuna.

Mecida por océanos púrpuras, animales de fábulas que crecen en las entrañas,
libélulas íntimas que revolotean, enseñan poesía y hablan de la libertad.

Bailaba en ti y contigo.
Girando, girando, girando. Jugando a saltar la cuerda, dando vueltas al cordón.

Era una sirena en el vientre. Te soñé. La soñé. Las vi durante dos semanas seguidas,
te lo juro. Una rana nocturna croaba su llegada.

Hasta que se inundó la luna, poco después de la medianoche.

Tus ríos se desbordaron. Olas luminosas alumbraron la creación.

Y después…
¿cómo sonará el redoble de sus pasos frescos?,
¿qué vientos despedirá su danza?,
¿en qué otros martes volverá a nacer?,
¿cuántos mares bañarán su cuerpo?

¿Sonará ya el tambor salvaje que le arrebate el corazón?


*A Dani y su pequeña Nina

5.7.11

CIRCO (retrato de una pequeña muerte)

Tightrope Silhouette by philippesarts
Tightrope Silhouette, a photo by philippesarts on Flickr.
Atados pies y manos,
abiertos brazos y piernas;
cierra los ojos para escuchar los cuchillos
                                                             cortando el aire vacío.


La respiración se agita al compás trémulo
                                                                  –incontrolable–
                                                       de sus piernas,
mientras la visión se expande,
                          se contrae,
                          se humedece.
Las manos cantan el vértigo con notas tan agudas,
                                                                        casi a gritos,
y los colibríes mueven sus alas hasta el paroxismo
para clavarse finalmente,
en el límite del abismo que se abre
                                                   junto a su cuerpo.

En el suspiro final,
                          un funámbulo resbala
                                                        en la cuerda floja.

24.6.11

¡YO SOY CORA!


Alumbrada por el solsticio de verano, el 21 de junio nació físicamente. Semanas antes surgió como una idea y de pronto, de un impulso de tinta y trazo, tomó cuerpo sin anticiparse ni tocar la puerta, sobre un papel pequeñito...

Me miró así con esos ojitos y torciendo la boca para que nadie escuche, me susurró algo. Sí, era la niña de la historia que había cocinado en mi cabeza días atrás.

Ayer sentí unas ganas locas de escribir, entonces la pequeña me visitó. La bauticé como Cora y comencé a construirle un cuento que empieza en un avión.

Esa es mi promesa para ella. Espero que próximamente lo puedan leer por aquí... Pero por el momento, déjenme decir: Bienvenida, Corita querida.

17.6.11

Simulacros

Y entonces me digo
¿cuántas viven en mí?,
que ya no me reconozco.

Ni en tus ojos ni en los míos.

Soy yo y a cada instante otra.
Y dejo de ser,
y dejo de amarte,
y te amo de nuevo.

Y de mi boca llueven acertijos olvidados.
Y en otra boca encuentran ecos cercanos.

Como si me hubiera quedado en ti.

O en ti.
O en ti.
O en ti .

O me fuera cada vez más lejos
Abandonándo-me
                     -te.

Vuelvo a sentir la velocidad y los simulacros de la nada.

Te rujo-te vomito-te beso mis muertes.
Te lamo y te arranco a mordiscos mis fábulas.

Trago tus certezas, tu verdad y tu pan.

13.4.11

SANTIDAD


 Esa ciudad que yo imagino,

donde nunca he estado
                                  es nuestra.

Lenguas son mares.
Sal de furia cicatriza tus heridas:
las saetas dejaron huellas
                                     («los pecados de los hombres»,
                                     dice el calendario del sol).



Atado,
           otra vez,
                        como hace miles de años,
            al árbol de fuego
             donde la serpiente enterrada nos llama.

Esa ciudad grita los nombres
desde tus ojos,
ahí se esconden los dolores
                         las llagas
                         los golpes
                         el agua
                         el silencio.

El viento quema,
echa saliva en mis bocas.
                              Lamo enfermedad.


                                                La verdad te brota y me penetra.


*Poema de María Cristina Arboleda Puente publicado por primera vez en la revista LETRAS DEL ECUADOR # 191 (mayo - 2007), de la Casa de la Cultura Ecuatoriana.

Imagenes de las obras de 1. Guido Reni, San Sebastián; 2. Gerrit Van Honthorst, San Sebastián; 3. François-Xavier Fabre, The Dying Saint Sebastian; 4. Stephen Cefalo, The Optimist.

CATEDRAL


Ciento veintinueve mil seicientos segundos atrás
mi cuerpo se reclina en tu cuerpo,
                                                       vacío
busca la catedral.

Reminiscencia de héroes
                                       lejanos.
Tres mil trescientos cinco años atrás,
la catedral ataviada de broncíneas armaduras.
                                          La catedral
semejante a dioses antiguos,
lanza mortales
                       saetas
                                   desde las alturas olímpicas.
Eres el dios esmintio del arco exacto
y a la vez el héroe ligero que cae
y se disuelve en el polvo.

Sagradamente,
dejaré que soples tu aliento en mi boca,
romperé las promesas divinas.

Me entregaré
cada tarde
                  efímera.

Cuarenta y tres mil doscientos segundos atrás
rituales y ceremonias infinitas
se simplifican en mis ojos,
que sólo existen por el instante
en que se abre
                                              la catedral.

*Poema de María Cristina Arboleda Puente, escrito el 3 de octubre del 2005 y publicado por primera vez en la revista LETRAS DEL ECUADOR # 191 (mayo - 2007), de la Casa de la Cultura Ecuatoriana.

25.3.11

A la hora del almuerzo*

A tu memoria

Una piedra en la garganta
tu mirada
tras esos cristales

Egoísmo
tus ojos
en el desierto.

Alzar las manos
¡egoísmo!
tu nombre
apretando la roca de la garganta
entre los mares noctámbulos.

Egoísta
también el silencio
como Dios esconde
tu silbido
de las siete de la mañana
tus manos
en el órgano de las seis de la tarde.

Memoria
¡niña egoísta!
suelta su mano
aprende a cruzar la calle.

En alguna mesa nos vamos a encontrar
¿me dejarás acompañar tu almuerzo?
A la derecha
todavía
resérvame un
espacio.

















*Poema de María Cristina Arboleda Puente, publicado por primera vez en la revista LETRAS DEL ECUADOR # 191 (mayo 2007), de la Casa de la Cultura Ecuatoriana.

1.3.11

quito con lluvia


dejan la inmensidad de la altura
la leve corporeidad de la nube
se mueven y estallan en un
luminoso estruendo
y   c
       a
         e
           n
bailando al vacío

sobre el asfalto son el sudor
de esta ciudad que nos
moja el deseo

*Foto: Pertenece a Romulo Fotos, en Flickr.com

Ella y el sillón

El sillón que tanto tiempo había tomado en repararse amaneció con unas líneas aberrantes: diminutos riachuelos de meado color amarillo neón.
–Otra vez ese maldito perro que metiste en la casa, tú tienes la culpa. Límpialo ya, que apesta y tanto que costó retapizarlo- vociferaba una voz gruesa de mujer.


Miró al perro que tenía ya la cola entre las patas y se escondía bajo una mesa. Respiró hondo y corrió tratando de no hacer ruido, dando pasos invisibles. Agarró un líquido espumoso, lo mezcló con agua y lo refregó con un trapo sobre la tela del mueble, mientras pensaba en todas las manchas que recorrían su cuerpo, y en las que su madre jamás se había fijado y nunca, ni por casualidad, las limpió con un trapo sucio de ternura.

10.11.10

Strawberry Fields*

Cielo cuadriculado, asfalto en blanco y negro.
Un rebaño siempre gris pasta y caga.
Presiento un ahogo de rabia y pena.
Hay que romper el diamante, desnudar la piedra.
Volver la órbita a cero, al principio de todo lo nuevo.
Olvidar el alarido seco, minúsculo, absoluto.
Susurrar sin temor un nombre imposible.

*Quito, 9 de noviembre de 2010. Escrito a cuatro manos, por Sebastián Sacoto y Cristina Arboleda.

11.4.10

La oveja negra***

En un lejano país, existió hace muchos años una oveja negra.

Fue fusilada.
Un siglo después, el rebaño arrepentido le levantó una estatua ecuestre, que quedó muy bien en el parque.
Así, en lo sucesivo, cada vez que aparecían ovejas negras eran rápidamente pasadas por las armas, para que las futuras generaciones de ovejas comunes y corrientes pudieran ejercitarse también en la escultura.

***AUGUSTO MONTERROSO, genial escritor guatemalteco (1921-2003). Uno de los más grandes del microcuento. 

A un lado del rebaño

Sucede que soy una de ellas, pero mi pelaje no se parece a las nubes con vetas apenas oscuras del color de la nuez. En vez de decir meee-meeee-meeeeee, prefiero cantar ma-me-mi-mo-muuu, muuu-me-mi-mo-ma, y callar cuando todas hablan.

No duermo incómoda con ruleros con tal de que los pelos amanezcan enroscados en espirales perfectos, ni me asomo presurosa ante quienes cuentan ovejas para llamar al sueño.

Mucho menos me interesa producir la lana más suave o la más brillante. Mientras todas se esfuerzan, mis horas se esfuman observando el mundo mínimo de las hormigas, descifrando el lenguaje del viento y escuchando los ayes de los árboles heridos.

Sucede. Sucede que soy del color de la noche sin luna, pero cada día me disfrazo con un traje muy blanco y sin una sola arruga, para no terminar en el sanatorio como todas las ovejas negras.

27.11.09

10/10


Taxi
Originally uploaded by infografia

Ayer que volvía del cielo, un taxista con una gorra estilo hip hop, las cejas bien depiladas y unos ojos negros, grandes y brillantes como canicas, me decía que nos vayamos a Guayaquil. Tentada estuve de decir que sí, pero, en cambio, qué viaje tan largo, dije. Sugerí, entonces, que la playa queda más cerca. ¿Cuánto tiene, mija?, me dijo él con su camiseta azul eléctrico que encendía aún más su rostro, resaltando su barba mal tenida.

Aunque, de verdad, no tenía el más mínimo deseo de ir, tanteé la billetera. ¿Gorda?, no, no, más bien, desnutridita, la pobre. Uuuuhh, no tengo nada, solo 10 dólares. Bueno, reina, bromeaba, alzando las cejas, mirándome desde el espejo retrovisor, solo necesitamos para la diez, si tuviera 20 o 25, estaríamos hechos. Reí de buena gana, porque la conversación que inició como un chiste iba ahondando en cálculos e intenciones. El centro histórico nos obligaba a dar vueltas, y yo, que recién bajaba de las nubes, estaba con la presión bajita, y sentía que iba a vomitar. Suerte que ya no tengo que preguntarle cómo se llama, me decía él, porque la OP ya me dio su nombre. Miré el auto semituneado, con los vidrios polarizados, una sirena de patrulla en lugar de pito, un extraterrestre fosforescente que colgaba del espejo, como adorno, y banderitas del equipo de sus amores por todas partes, me parecía lo más divertido. Y con lo que tenemos, ¿hasta dónde nos avanza?, me arriesgué a preguntar. Vamos hasta donde nos dé el diez. ¿El qué? El diez, la gasolina, reina. Esas pepas negras me miraron de nuevo mediante el espejo y me dije: sí, me quiero ir a donde nos lleve el diez, con este taxista desconocido, que decía que jugaba fútbol religiosamente e iba a una iglesia cristiana por deporte, que tenía un hijo a quien llamaba ranita, que andaba separado de su mujer y yo, que no tenía ningún problema serio, que acaba de bajarme del cielo, que no tenía ganas de volver a la rutina, al trabajo, me dije, de nuevo, sí, vamos, a donde nos lleve el diez.

10.11.09

Venenos mortales

Lo había olvidado.


Guardaba pepas de uva en los zapatos
y sus dedos sabían a pan y vino.

Le llamaba chocolata al chocolate
y emergía entonces una mulataza
que se nos hacía agua negra en la boca.

Jugaba con los grandes arcanos,
hablaba a solas con el viento,
bailaba con bolas de fuego,
pero su sabor a gasolina y diesel,
me quemaba la lengua.

Me volvió invisible.
Mató por azar al monstruo
que dormía en el patio,
supo de mis juegos con la luna,
me confesó un crimen
y aunque lanzó sus deliciosas saetas,
la dualidad de los gemelos jamás cedió.



El abismo que se abrió en sus ojos me enmudeció los sentidos.



Todo desapareció con el último acto,
la chistera del mago,
el bastón que camuflaba algún peligro,
los naipes oscurísimos,
el cadáver más exquisito,
la demente soledad.

Pero el veneno había corrido
años atrás
cuando dejó de agazaparme desde las ramas de los árboles
y evitó su sangre alquímica en mi boca.


Houndini mil veces maldito,
cosechaste cráneos
y fallaste al enamorar a la muerte.

(NOTA: Esta no es la disposición gráfica exacta de mi texto).